Una breve reflexión sobre el papel que cumple la soledad en la vida y por qué la necesitamos tanto, aunque no nos guste.

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Notas del episodio

  • Canción de fondo: No. 7 Alone With My Thoughts (Esther Abrami)

Transcripción

La soledad es de esas cosas que no nos gustan pero que necesitamos. La soledad es una manera de hacer respirar el alma, de asomarnos un poquito para adentro, tal vez por eso es que no nos gusta.

Tal vez por eso es que el camino de la vida nos va llevando de vez en vez a esos rincones en los que solamente nos acompaña nuestro propio silencio. Normalmente, ese silencio va acompañado de fracaso, o de culpa, o de duda, o de decepción.

Pero la soledad es necesaria para replantearnos el camino, para cambiar de perspectiva, para hacerle mantenimiento a nuestra mente. La Biblia nos cuenta las historias de esos grandes héroes y heroínas de la fe que no lo hubieran sido tanto de no ser por la soledad. Porque eran gente como nosotros, tal vez peor, con nuestros mismos fracasos y culpas y dudas y decepciones.

Por eso vemos a una Agar sola, alejándose de su hijo que iba a morir de sed sin remedio, porque al viejo patriarca se le ocurrió que un odre de agua y un pan era suficiente para mandarla a atravesar un desierto.

Por eso vemos a un Jacob solo, enfrentando el miedo a la venganza de su hermano, mientras se le aproximaba un varón que resultó ser Dios buscándole pelea.

A un José solo, tirado en una cisterna, escuchando a sus propios hermanos negociar cómo y por cuánto lo iban a vender.

A un Moisés en el desierto, solo, enfrentando la culpa y la vergüenza de sus sueños de ayudar a sus hermanos esclavos echados a perder por su propia estupidez.

A una Rahab, sola entre los escombros, esperando el rescate de parte de los invasores extranjeros que le habían prometido salvarla a ella y a su familia, sin saber que por siempre y para siempre no sería más que la ramera de Jericó.

A una Rut, sola y extranjera, desplazada con su suegra por la pobreza, por la desigualdad, por la peste. Sin esposo, sin familia, pagana, moabita, señalada, mientras negociaban su suerte en un juego de sandalias y formalismos que al final resultó introduciéndola al linaje mesiánico.

A un David solo, liberado de su remoquete de “varón conforme al corazón de Dios”, con su familia hecha trizas por historias de violaciones, incestos, intrigas, asesinatos, y su propio hijo haciéndole golpe de estado.

A un Elías Tisbita, profeta del Dios altísimo, degollador de sacerdotes de Baal, perseguido y deprimido, deseando la muerte y atrapado en su complejo extraño de ser el único sobre la tierra fiel al Dios de Israel.

A una María Magdalena sola, llorando frente al sepulcro del Maestro, pensando en quién podría darle información sobre el paradero de su cuerpo para, al menos, poder consolarse con el cadáver del Hijo de Dios.

Y por eso vemos a Jesús más solo que cualquiera. El desierto al que lo llevó el Espíritu para que el Satán le susurrara ofertas de poder y fama fue solamente uno de muchos rincones de soledad que tuvo el Verbo encarnado. Quién más solo que Jesús, seguramente incomprendido desde niño, sin duda hecho a un lado por los jóvenes de su generación, acusado por sus propios paisanos, traicionado por su amigo de confianza, abandonado por sus discípulos, caminando hacia la cruz, donde también se sentiría desamparado por el mismísimo Dios. Eli, eli, lama sabactani.

Cuántos desiertos, cuántas cuevas, cisternas, batallas perdidas, barrigas de ballenas, naufragios, redes vacías, ciudades asoladas, cuántos huertos de Getsemaní, cuántas soledades tendremos por delante. Cuántos silencios hasta que lleguemos a comprender que vamos siempre hacia adelante a pesar de nuestros propios demonios, que tenemos un tesoro en vasos de barro, que aunque seamos una manada pequeña al Padre le complació darnos el reino, que por larga que sea la ausencia, por fuerte que martille el dolor, por seca que se vea la fuente, realmente no estamos solos.

Que en cada una de esas soledades está Dios.