¡Tantas cosas se dicen sobre el diablo! Que sabe más por viejo que por diablo, que está en los detalles, que mal paga al que bien le sirve, que junta a los que Dios cría… En el ambiente cristiano, hay un montón de cosas que damos por sentadas sobre el diablo, que nos han enseñado con la Biblia en la mano, pero… ¿sí será tan así? ¿Qué hay de cierto y de falso en las imágenes populares del diablo? ¿A qué somos llamados realmente como cristianos con respecto al mundo de las tinieblas? Sobre estas y otras preguntas reflexiono en este nuevo episodio. ¡Pasen sin miedo!

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Notas del episodio

Transcripción

Buenas, buenas, buenas… les doy la bienvenida a este episodio de Notas Sueltas. Es el episodio número… a ver.. 25. Wow, nunca creí llegar tan lejos. Nos acercamos al final de la primera temporada de este podcast y les tengo preparadas varias sorpresas por ahí, invitados geniales, como de costumbre y bueno, esa es una razón para estar muy pendientes de las redes sociales del Cancionero Cristiano para que vean lo que se viene.

Y antes de comenzar, como de costumbre quiero recordarles que pueden ayudar a hacer crecer este proyecto y que llegue a más personas, suscribiéndose, comentando, dando likes, compartiendo el contenido, y si escuchan esto en Apple Podcasts también pueden dejar una calificación y una reseña cortica, es de gran ayuda. Únanse a las redes sociales, estamos en Facebook, Instagram, Twitter, Telegram, YouTube, y hay muchas cosas nuevas que vienen también a esos canales.

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¡Listo! Mucha publicidad por hoy, entonces a lo que vinimos, a hablar del diablo. El patas, Satanás, Mefistófeles, Lucifer, el cachón, el viejo Sata, Belcebú, el Enemigo, el Maligno, el bajísimo… como sea que lo llamen. ¡Tiene tantos estilos!

¿Por qué me dio por hablar del diablo? Pues ustedes saben que estas reflexiones que les comparto vienen de profundos cuestionamientos desde mi experiencia personal de fe. Por ahí me escribieron en estos días: “ay, es que antes cantabas himnos, ahora estás promocionando puras ideas todas raras, como las de Teocotidiana…”. Bueno, pues qué te dijera, es que yo canto pero también pienso, ¿no? Y pues la verdad es mucho más sencillo hacer estas reflexiones aquí mismo que ponerme a abrir otro canal que se llame “Pensadero Cristiano”. Entonces, bueno, también creo que hay gente a la que le sirve preguntarse este tipo de cosas que yo me pregunto aquí, o al menos eso veo porque me escriben, me proponen conversaciones, me cuentan sus experiencias, eso es una bendición para mí también, sinceramente se los digo. Pero voy a seguir cantando himnos, no se preocupen. Por cierto, un saludo a mi amigo Tomás, de Teocotidiana, que me hace promocionar sus ideas.

Entonces, dentro de todas esas preguntas que me hago y que me vengo haciendo hace muchos años, está todo lo relacionado con el diablo, y en general el asunto del mal. Y es un tema sobre el que hay montañas de reflexión teológica de gente super tesa, y de relecturas a cosas que están en la Biblia y que nos han hecho creer que hablan del diablo y parece que no es así, y lo que quiero contar aquí brevemente es más o menos por dónde he llevado mis reflexiones sobre el tema, y les recomiendo que de ahí para adelante ya ustedes hagan su propia tarea. De paso, agradezco a varios amigos que me respondieron preguntas sobre este tema en los últimos días, especialmente a Sergio, el dinosaurio de Noé, y al profe Sebas Hernández, ambos ya estuvieron en este podcast y si no los han escuchado vayan a hacerlo, que de verdad son estudiosos muy serios que vale la pena escuchar. Además que yo pues aquí hablo más o menos desde lo que he podido estudiar por mi cuenta, pero tampoco es que sepa mucho de este cuento. Como les digo, mi misión es dejarles preguntas, ya si se quieren levantar respuestas más serias, ahí les recomiendo ir donde la gente que sabe, como Sebas y Sergio y otros estudiosos de la Biblia.

Entonces, en todo este tema de demonología, el estudio del diablo y de los demonios desde un punto de vista teológico, hay de todo en el ecosistema cristiano, pues como en todo lo demás, ¿no? Desde un extremo del espectro, donde hay corrientes teológicas que se alejan de entender al diablo como una persona, y más bien lo asocian con un concepto, una idea abstracta que representa al mal. Hasta el otro extremo de ese espectro teológico, donde se ubican los que ven influencias demoníacas por todo lado, andan con la armadura de Dios encima 24/7 para expulsar a cuando espíritu inmundo se les atraviese. Yo no sé si a ustedes les tocó leer o escuchar de un libro que se llamaba “Cerdos en la sala”, de un matrimonio que explicaba cómo hacer liberaciones en la casa, y gracias a ese libro se popularizó la idea de que hay como demonios para cada tipo de problema, entonces espíritus de pereza, y espíritus de risa, espíritus de bostezo en la reunión de oración, espíritu de diarrea, de tos, de estornudo, de hemorroides…

Y teníamos esa música también de guerra espiritual, donde nos ponían a perseguir enemigos para atravesarlos con lanzas y brincarles encima… y Marcos Witt nos puso a gritarle a los espíritus: “¡Huye!”. Y eso pues que yo no vengo de un ambiente así pentecostal, sino más bien conservador. A mí me tocó fue Josué Yrion hablando contra Pokemón y los Nintendos, y los predicadores haciéndonos quemar la música de Nirvana y de Metallica y de Shakira, porque todo eso era del diablo. Aaaaah, tiempos aquellos, la verdad eso pues no tenía mucho sustento teológico, pero las risas no faltaron.

El punto es que dentro de todo ese espectro teológico, pues hay muchas cosas que se dicen sobre el diablo que son ciertas, pero también hay muchas que no tanto. Y de una vez les adelanto, antes que salgan corriendo a reprender espíritu de Falso Cancionero, que yo la verdad estoy más bien como en la mitad de ese espectro. A riesgo pues de sonar medio tibio, medio Fajardo, ese es un chiste político que entenderán mejor los colombianos, pero no es por querer dejar contento a todo el mundo, que al final resulta es uno emproblemado con todos, sino porque de verdad creo que es importante poner las cosas en su sitio y no caer en ningún fanatismo. No podemos ir por la vida espiritualizando todo, pero tampoco cerrando los ojos a que existen realidades espirituales que influyen en lo que pasa alrededor. Pero entonces vamos por partes.

Empecemos por decir que los términos más comunes que se utilizan en la Biblia para hablar de este personaje son, por un lado “Satán”, que viene del arameo y quiere decir “enemigo” o “adversario”. Y el otro es, precisamente, “Diablo” que es un término griego y quiere decir “acusar” o “calumniar”. Ahí también vale la pena aclarar que en el texto bíblico aparecen estos términos para referirse a otros personajes, entonces cuando aparecen en el texto arameo o griego las palabras “satán” y “diablo”, respectivamente, no siempre se están refiriendo necesariamente a este personaje. Eso es importante tenerlo en cuenta para evitar confusiones.

Este personaje entonces también se hace necesario, por decirlo de alguna manera, dentro de la reflexión teológica, primero del judaísmo y luego del cristianismo, para explicar el origen de lo malo. ¿De dónde viene lo malo que pasa en el mundo? Pues, hay cosas malas que hacen las personas, ¿cierto? Pero también hay otras cosas que están como en un nivel superior, cosas malas que simplemente suceden y que nos afectan a todos. Y, en general, pues la presencia misma del mal en el mundo, es una cuestión que ha levantado muchas preguntas. Además, teniendo en cuenta que nuestra concepción de la realidad viene heredada de unas visiones dualistas, que a veces pueden resultar muy simplistas para lo compleja que es la realidad, entonces tenemos esas duplas opuestas, como el día y la noche, la luz y las tinieblas, el cuerpo y el espíritu… y obviamente, el bien y el mal.

Entonces, en un principio, parece que era relativamente sencillo explicar que todo tenía su origen en Dios. Incluso el mismo mal, con todo y lo fuerte que eso pueda sonar. Pero pues sí, en el Antiguo Testamento aparecen escenas en las que Dios está por ejemplo enviando espíritus malignos a hacer algo, como en la historia de Saúl, que venía un espíritu maligno a atormentarlo de parte de Dios. O en la historia de Acab, cuando fue a la guerra y un profeta de Dios le dijo que él había tenido una visión celestial, donde Dios había pedido un voluntario para ser espíritu de engaño para hacerle mal al rey, a través de sus falsos profetas. Estas son lecturas bien fuertes, porque nos choca esa idea de Dios enviando espíritus malos, eso lo hace es el diablo, ¿no? Hay un versículo, creo que es en Isaías, donde aparece Dios diciendo algo así como: “yo creo la luz y creo las tinieblas, yo envío el bien y la calamidad”. Entonces, esa noción dualista que tenemos nosotros, como que las tinieblas son lo malo siempre y ahí estaban al principio de la creación, hasta que apareció Dios que solamente es luz… pues eso no estaba ahí en la mente de los autores de esos textos más antiguos.

Claro, luego esa reflexión llevó a que más adelante se formara una concepción alrededor del personaje del Satán, por allá en el libro de Job aparece la historia de los hijos de Dios que se presentan y llega Satanás entre ellos a incitar el mal contra Job. Esa misma tensión aparece entre dos relatos de un censo que David hizo, que resultó en un castigo de Dios con un montón de muertos. En un texto, creo que el de Samuel, dice que Dios incitó a David a hacer el censo, mientras que en el de Crónicas dice que fue Satanás. Eso es parte de ese desarrollo teológico, ahí en ese tipo de textos se evidencia cómo los mismos autores y las comunidades de donde se producen esas escrituras se enfrentaban a esas mismas preguntas que nosotros tenemos. Porque, en últimas, así sea un agente externo el que produzca el mal, pues finalmente necesita el permiso de Dios, no es autónomo. Y esa fue como la conclusión final a la que se apegó el cristianismo, ya en la época de los padres de la iglesia y culminando en San Agustín, apareció el concepto del libre albedrío, para explicar que Dios permite el mal como parte de la libertad de su creación, ya sean los seres humanos o los ángeles, donde caben también el diablo y sus demonios, obviamente.

De paso, este problema del mal ha sido un quebradero de cabeza incluso por fuera del cristianismo. Un ejemplo clásico es la paradoja de Epicuro, que plantea una aparente contradicción entre la existencia de un Dios bueno y justo, que todo lo puede, y sin embargo permite que exista el mal. Entonces, o no es omnipotente, porque si lo fuera acabaría con el mal, según esta paradoja, o entonces no es justo, porque ¿qué Dios justo podría acabar con el mal y no lo hace? Y bueno, de ahí se desprenden un montón de variantes y argumentos, y la teología plantea unas respuestas bien curiosas sobre eso, pero digamos que la más normal o a la que estamos acostumbrados nosotros es esa de la soberanía de Dios. Como que el diablo y la existencia del mal y del pecado son todo parte de un plan grande de Dios y pues no podemos llevarle la contraria, nos guste o no, no hay mucho que nosotros podamos hacer al respecto.

Entonces, así llegamos a la figura del diablo, que es como el máximo representante del mal, de hecho según la concepción cristiana fue el primero que pecó. Toda la vida uno escucha las prédicas que dicen que el diablo fue el primer rebelde y que el primer pecado fue el orgullo de él querer ser como Dios. Y eso pues no está en la Biblia, pero todos creemos que sí. Porque, como ya les conté en uno de los primeros episodios de este podcast, todo es un remix, y ni el diablo se salva. Jejeje, bueno, eso puede tener muchas connotaciones, pero en este caso, estoy hablando del remix, no se salva de ser un remix. La idea que tenemos los cristianos sobre este personaje es una mezcla de concepciones egipcias, mesopotámicas, griegas, romanas, y obviamente judías.

Por ejemplo, uno de los primeros personajes con los que asociamos al diablo en la Biblia es con la serpiente de Génesis 3. Esa asociación entre la serpiente y las fuerzas del caos o del mal, aparece casi que en todas las mitologías de la antigüedad, como en el mito de la creación del mundo de los mesopotámicos, donde el dios Baal vence a una serpiente que se llama Leviatán. Y si les suenan esos nombres, es porque ambos personajes aparecen en la Biblia. También en el Antiguo Egipto se creía que la lucha constante entre el día y la noche era porque el dios Ra, el dios del sol, luchaba con una serpiente que se llamaba Apofis, que trataba de impedir su recorrido. Claro, al final siempre vencía Ra y amanecía. Ahorita vamos a volver a Génesis 3 para hablar un poquito más de eso, pero esa idea de la serpiente relacionada con el diablo es un reflejo de esas concepciones mitológicas.

También hay cosas sobre el personaje del diablo que se nos han colado desde otra literatura folclórica judía, escritos que no fueron considerados inspirados, ni canónicos, ni nada de eso, pero que sí influyeron fuertemente en la concepción del mundo de la sociedad judía, más que todo por allá por los lados del siglo II A.C. Estos escritos aparecieron en parte porque, claro, había como ciertos vacíos en los textos sagrados, entonces se trataba de explicar a partir de otras tradiciones esas cosas que no habían logrado meterse a las Escrituras. Entonces aparecen estos escritos que se conocen como pseudoepigráficos, que significa que los firma supuestamente un autor reconocido, un personaje histórico o algo así, pero pues no fue escrito por ellos. Entonces aparecen varios libros de Enoc, el Apocalipsis de Moisés, y otros libros que hablan de la relación entre el mundo de los espíritus y la humanidad en los orígenes del hombre. En el libro de Enoc aparecen los vigilantes, unos personajes muy interesantes, que se asocian con el relato del diluvio, en Génesis 6, ya saben, ¿no?… donde hay unos ángeles que se mezclan con las hijas de los hombres y tienen gigantes. En estos días voy a invitar a conversar sobre este tema a mi amigo Sebastian Hernández, que está haciendo su tesis doctoral precisamente sobre la literatura enóquica, estos libros apócrifos de Enoc.

Y se encuentran cosas muy raras en esa literatura del folclor judío, como en los libros de Adán y Eva que narran el conflicto entre los primeros hombres y el diablo. Básicamente el pecado de Satanás fue no querer rendirle honores al primer hombre y la primera mujer, por eso Dios lo castigó y en venganza él viene a tentarlos para hacerlos echar del Edén. También hay un libro súper loco que se llama “El Testamento de Salomón”, que cuenta como el rey Salomón consiguió un anillo mágico y logró dominar a unos demonios muy poderosos para que le ayudaran a construir el templo. Bueno, eso hay de todo. El caso es que todos esos componentes moldearon la concepción de esos personajes en la época de los judíos, cómo entendían al diablo y a los demonios. Incluso, un dato curioso, es que hay información de esos textos que aparece en las cartas canónicas del Nuevo Testamento, como en Pedro y en Judas que aparecen referencias precisamente a los libros de Enoc para hablar de los espíritus encarcelados en el mundo antes del diluvio, o el diablo peleando por el cadáver de Moisés, eso creo que también es en Judas. Una cosa para pensar sobre lo de la inerrancia, ¿no? ¿Cómo lograron esas historias de libros apócrifos colarse en la infalible palabra de Dios?

Y ya en el mundo cristiano pues se empiezan también a sincretizar otros componentes de los pueblos paganos, por llamarlos de algún modo, como por ejemplo Baphomet, que era un personaje de los antiguos caldeos que tenía cabeza de chivo, o Pan, un personaje de la mitología griega con cuerpo de cabra, lo mismo que los faunos de la mitología romana. Todos estos personajes se asociaron con el diablo porque las cabras representaban como la lujuria y el desenfreno sexual, entonces así fue que resultó el diablo con pezuñas de cabra y con cuernos y barba de chivo. Y para el tiempo de la Edad Media, pues aparece la Divina Comedia de Dante, donde ya se elaboran unos simbolismos mucho más complejos, puntualmente en las visiones del infierno con sus nueve círculos, donde aparecen los demonios y el mismo diablo atormentando a los condenados. Entonces todo eso se juntó para formar esa imagen tan arraigada en el folclor del cristianismo, un diablo con cachos y cola, con patas de chivo y con un trono en el infierno donde gobierna sobre las almas que se condenan. Pero pues nada de eso aparece en la Biblia.

¿Bueno, pero qué de los textos bíblicos donde aparece el diablo? Pues, primero que todo, deberíamos asegurarnos que sí aparezca efectivamente el diablo, porque hay unas escrituras donde nos lo hicieron vermut claramente, pero parece que en realidad no está ahí. Por ejemplo, hay dos pasajes en los profetas mayores, Isaías 14 y Ezequiel 28, que son cantos fúnebres, satíricos incluso, celebrando la muerte del rey de Babilonia y de Tiro, respectivamente. Básicamente eran cantos burlándose de personajes muy poderosos y muy malos que al final resultaron ser simples mortales. Pero entonces en el siglo II D.C. y de ahí en adelante, algunos teólogos y padres de la iglesia, como Tertuliano, Gregorio el grande y otros, empezaron a entender estos pasajes como alusiones a alguien sobrenatural, sobre todo por traducciones como la de la expresión “lucero de la mañana”, que en latín es “Luciferum”, o por alusiones al jardín del Edén o al monte santo de Dios. Entonces a partir de ahí se armó una interpretación según la cual la historia de origen del diablo está en esos textos, y de ahí han salido cosas como que el diablo era ministro de alabanza en el cielo o que la batería es del diablo porque Ezequiel habla de los tamboriles, pues que eran instrumentos con los que se celebraba el ascenso de un rey al trono. Ah bueno, y claro, el nombre “Lucifer” se le asignó de ahí en adelante al diablo, cuando la Biblia muestra que el verdadero Luciferum, el lucero de la mañana, es Jesús, como lo explica Pedro y también en Apocalipsis. En fin, de esas cosas raras que pasan en la teología y las aceptamos sin pensarlo mucho.

De paso, la lectura más natural de esos textos de Isaías y Ezequiel es la de manifestaciones anti-imperialistas, básicamente se trata de la expresión de un pueblo oprimido que celebra la muerte de un tirano. Claro, un rey malvado, destructor, que se creía prácticamente un dios, o pues se proclamaba a sí mismo como dios, con derecho a hacer lo que se le antojara en todos sus dominios y a conquistar a todos los otros pueblos, como muchos reyes y poderosos en la antigüedad, y resulta que cae del punto más alto de su soberbia, y muere, es un humano como cualquiera, y se descompone y se pudre como todos nosotros, y desciende al seol, o sea al sepulcro. En estos textos incluso uno puede ver a Babilonia y a Tiro como representaciones de ese poder desmedido que lleva el mal y la muerte y la destrucción a todas partes por donde pasa. Este es un ejemplo de la importancia de leer esos textos en su contexto adecuado. Y esta es una frase muy cliché, ¿no? “Hay que ver el contexto”, pero es que conozco gente que piensa que el contexto es simplemente leer dos o tres versículos atrás, o peor aún, creen que el contexto son sus propios prejuicios.

Aprovechemos aquí de una vez para hablar muy cortico sobre Génesis 3. También quisiera invitar a mi amigo Sergio, el Dinosaurio, a que nos hable de este pasaje, él tiene una manera muy interesante de explicar estos relatos desde su naturaleza mitológica. Y aquí si no les han saltado las alarmas del fundamentalismo, sí les van a saltar… “¿Cómo así que mitológicas? ¿Estás diciendo que Génesis es un mito? ¿Niegas así la eficacia de la sangre de Cristo?…” Cálmense, amigos. Dominio propio, fruto del Espíritu, ¿se acuerdan? Jejeje. Hagamos aquí una pausa para que respiren y les cuento bien lo de los mitos en la Biblia.

[PAUSA]

Pues sí, Génesis está escrito en clave de mito, como género literario. Es que también muchos asocian la palabra “mito” como sinónimo de “falso”, y así no es la cosa. El mito es una manera literaria de acercarse a verdades más profundas, y en la Biblia se utiliza mucho este género. Es que la Biblia es una pieza de literatura maravillosa, y nos metemos en muchos problemas cuando nos queremos aferrar con uñas y dientes a una lectura literalista, donde todo queremos que signifique exactamente lo que creemos que esa palabra quiere decir, y pues no. Creo que es una cosa triste que ha pasado con el cristianismo, que ese afán de defender la fe frente a la modernidad que estaba arrasando con todas nuestras concepciones del mundo en el siglo XIX y en el siglo XX, nos hizo olvidar nuestra mitología, que es tan bella y tan valiosa. Hay una frase, no me acuerdo de quién, que dice que el mito es lo que nunca fue, pero siempre es. Y bueno, también me acuerdo de Borges diciendo que el mito está en el origen y en el final de la literatura.

Entonces si vemos Génesis 3 bajo ese lente mitológico, pues vamos a entender primero que todo que las comunidades que volvían de la deportación en Babilonia, que fueron las que según los estudios más recientes y más serios compilaron gran parte de los escritos del Antiguo Testamento, claro, a partir de tradiciones orales y algunas escritas, esas comunidades ubican en esas narraciones del origen del mundo no tanto el pasado, sino el presente que querían construir. Por eso ahí aparece la figura de la serpiente, que era utilizada entre otras cosas por los reyes de la antigüedad como símbolo de poder, de dominio. Los faraones, por ejemplo, usaban ese símbolo de la serpiente en sus cetros, recordemos que los magos del Faraón, me parece que es en un escrito paulino donde se les llama Janes y Jambres, eso era tradición judía también, no canónica por cierto. Estos hechiceros aparecen enfrentándose a Moisés también haciendo magia con serpientes, símbolo de poder. Incluso, me acabo de acordar que de Alejandro Magno se decía que había sido engendrado por una serpiente, personificando a Zeus, o sea que Alejandro de Macedonia era para algunos como una especie de semidiós. 

También se utiliza la serpiente como símbolo de infinito, de eternidad, como invocando a la idea de un dominio sin límites en manos de los poderosos, claro está. Todo eso estaba en la mente de una persona de la antigüedad cuando escuchaba hablar del simbolismo de la serpiente. En fin, la serpiente que tienta a los primeros padres de la humanidad en el relato del Génesis podría hacer referencia precisamente a eso, a la tentación del poder, del dominio el uno sobre el otro, cuando el texto hace énfasis en que Dios los había creado iguales, a hombres y a mujeres, a su imagen y semejanza. Que eso también es una afirmación atrevida, porque en el mundo antiguo solamente los reyes eran los que traían la imagen de sus respectivas deidades, por eso tenían el derecho divino de reclamar el poder y el dominio absoluto. Entonces el faraón reclamaba ser la encarnación de Ra, o el rey de Babilonia era el representante de Marduk, y Alejandro Magno iba conquistando el mundo porque era hijo de Zeus, y así sucesivamente. 

Pero para estas comunidades repatriadas era vital alejarse de ese modelo de funcionamiento del mundo que los había oprimido, que los había sacado de su tierra para irse a un país extraño, con otros dioses, como personajes de segunda clase, esclavos básicamente, y entonces regresan y el Espíritu Santo los inspira a unirse en la fe del Dios de Israel, de quien todos eran imagen, en lugar de dejarse seducir por lo que habían aprendido de la serpiente. Esos son también mensajes que aparecen en los textos proféticos, esa tensión entre la simiente de la serpiente y la simiente de la mujer, lo que Ireneo llamó el protoevangelio, que muchos identifican como una promesa mesiánica, pero que en un acercamiento más detallado al texto hebreo habla de una amenaza constante entre esa tentación del poder, del imponerse por encima de los demás, a la que se enfrentan siempre los hijos de la mujer. Es muy bello también pensar en cómo se resuelve ese conflicto desde el punto de vista profético, en ese pasaje de Isaías donde aparece un niño jugando con una serpiente, con el áspid. 

Bueno, esa es una explicación más bien torpe de esos textos, pero me parece que mirarlos desde esa perspectiva también le da una riqueza diferente a cuando se entienden de manera literal. Para muchos será herejía, liberalismo, humanismo y esos términos favoritos del fundamentalismo, lo sé, pero pues es lo que los estudiosos de la Biblia van descubriendo, entonces pues vale la pena prestarle atención.

Sigamos con lo de la serpiente en su asociación con el diablo, porque también en Apocalipsis aparece esa idea de la serpiente antigua, del dragón. Y aquí pues sí que es importante entender el género literario, porque la literatura apocalíptica es otro mundo aparte. Si es riesgoso entender el Génesis literalmente, el Apocalipsis sí que más. Cuántas locuras se han hecho en nombre de la fe por andar leyendo esos textos de Daniel, o de Mateo 24, o del Apocalipsis, creyendo que están hechos para hacer cálculos de fechas o cronogramas de los eventos futuros. Pero bueno, básicamente esa visión de Apocalipsis 12 es una denuncia contra el Imperio Romano, una pieza literaria magistral, la verdad, llena de símbolos que los destinatarios podían entender muy bien. Esa escena de la mujer y el dragón, por cierto, se parece mucho al mito del nacimiento de Apolo, el dios del sol de los griegos. Ah, no, de los romanos. No, sí, de los griegos, porque el papá era Zeus. La historia es que Zeus era todo un loquillo y embarazó a una muchacha, ese man era como todo culicontento y mantenía embarazando gente, y la esposa de Zeus, que se llamaba Hera, enfurecida por los celos mandó a una serpiente legendaria que se llamaba Pitón a perseguirla para matarla. Al fin la muchacha esta busca refugio en una isla y nacen dos gemelos, Apolo y Artemisa (conocida por los romanos como Diana). Y bueno, el final de la historia es que Apolo va y pelea con la serpiente, con el dragón, y lo mata.

Y póngale cuidado precisamente a la ironía de Juan en Apocalipsis, porque utiliza una escena muy similar para desenmascarar el culto al emperador romano, que se llamaba a sí mismo el hijo de Apolo, el nuevo sol que iluminaba a Roma, la ciudad gloriosa y eterna. Pero en las visiones de Juan, el dragón es el mismísimo mal, Roma es una prostituta, la gran ramera, y el verdadero vencedor es Jesús, que derrota a la serpiente y a sus agentes, o sea la bestia y el falso profeta, que vendrían a representar al emperador y a su falsa religión. Y luego se dice que los hijos de la mujer, o sea los cristianos, que eran perseguidos por el dragón, también comparten esa victoria gracias al Cordero. ¡Es precioso! Bueno, yo creo que ya aquí me metí en camisa de once varas, porque yo no soy exégeta ni teólogo ni nada de eso. Pero les recomiendo que busquen el comentario de Apocalipsis de Juan Stam, es una maravilla. Mi amigo Tomás, de Teocotidiana, me lo regaló en la navidad pasada, seguramente para que yo promocionara mucho más sus ideas…

Entonces, habiendo hablado de todos esos símbolos y figuras asociadas con el mal, como les decía al principio, hay muchas cosas que sí hablan del diablo, y hay otras que las entendemos desde una carga histórica que no necesariamente era la intención original de los textos. Y quiero insistir con esto: no estoy diciendo que el diablo es simplemente un símbolo, o algo así. Al menos no es esa mi convicción personal ni es una conclusión a la que quiera conducirlos a ustedes.

Porque, claro, esa es una propuesta teológica también, eso lo han explorado muchos teólogos serios, como Schoonenberg, Tillich, Ricoeur, el mismo Barth… Por ahí estuve leyendo esta semana una propuesta lo más de interesante de un teólogo que se llamaba Herbert Haag, un teólogo suizo, que decía que básicamente donde aparezca Satanás y los demonios se puede cambiar por los términos “mal” o “pecado” y significa lo mismo. Pero, lo curioso es que ante la pregunta de entonces por qué Jesús sí habló del diablo como un personaje, la resuelve con una carambola que a mí me parece muy elegante. Lo que él dice es que Jesús como humano se sometió a las mismas limitaciones nuestras, y obviamente también a las limitaciones sociales y culturales de su época, así que cuando Jesús hablaba de Satanás pues estaba enmarcado en las categorías mentales del judaísmo de su época, así como cuando dijo que la semilla de mostaza era la más pequeña. O sea, tiene sentido pensar que el hecho de que Jesús fuera Dios encarnado pues no significaba que se supiera todos los elementos de la tabla periódica, o cómo descomponer el átomo, sino que tenía la mente de un judío del siglo I. ¿Cómo la ven?

Repito, no es que esa sea mi posición, solamente les cuento que eso existe. Desde la teología se ha explorado ese asunto de lo demoníaco como símbolo del mal. Parecido a lo que propone por ejemplo el psicoanálisis, donde se habla de los arquetipos del inconsciente colectivo, más o menos es como si los seres humanos tuviéramos incorporada una misma manera de responder a la realidad formando símbolos que se parecen mucho, por eso aparecen esos elementos tan parecidos en todas las religiones. El que más habla de eso por el lado del psicoanálisis creo que es Carl Jung, por si les da curiosidad también al respecto.

¿Qué pienso yo? Pues, vean. El punto en el que voy, porque en estas cosas la verdad todavía no tengo una visión muy conclusiva, es que en la Biblia sí está presente un personaje llamado Satanás, que está del lado del mal, contrario a Dios y a todo lo que Dios represente. Lo veo sobre todo en la vida de Jesús, en cómo él andaba liberando a los oprimidos por el diablo. Y vuelvo a tratar de ubicarme en el centro del espectro, porque claro, en los relatos del Evangelio se ve que algunas sanidades equivalían a ser liberados de una opresión satánica, pero no era en todos los casos. O sea, no es que Jesús anduviera reprendiendo espíritus de lepra o que a Lázaro lo haya matado un demonio, pero sí se ve en algunos casos esa relación explícita entre lo espiritual y las enfermedades. Una cosa muy linda que veo en el Jesús sanador y liberador fue que él se preocupaba por darle dignidad a las personas, por ejemplo cuando mandó al ex-endemoniado a su casa, a su familia, “ve a tu casa y cuéntales las grandes cosas que Dios ha hecho”, vean que no solamente el endemoniado fue liberado, sino que fue reincorporado a su familia, a su lugar en la sociedad. Y por eso también se enfrentaba a sus contradictores religiosos, por eso sus críticas a una religión que no atendía las necesidades de las personas, como cuando sanó a esta mujer jorobada en un sábado, “a esta mujer Satanás la tenía atada por 18 años, había que liberarla”, es lo que les dice a los que lo criticaron porque estaba sanando en un día de reposo. Mientras los religiosos mostraban a un Dios opresor y alejado de las necesidades de su pueblo, Jesús iba anunciando libertad, rompiendo las cadenas del diablo.

Eso es muy bello y es un mensaje clave en todo esto del diablo, porque no se trata tanto de definir doctrinalmente si el diablo es esto o aquello, sino de entender y de extenderle a otros la solución que el Evangelio le ofrece a esos que necesitan ser acogidos y liberados del poder del mal. Así muy particularmente, pienso por ejemplo en cuántas personas que lidian con problemas mentales, con trastornos de ansiedad, de depresión, de ideas suicidas, han sido tratadas sin compasión en los círculos cristianos. Cómo por el afán de demostrar un punto teológico, una doctrina, o lo que sea, se deja de lado a las personas y lo que se hace es hacerlas sentir que están lejos de Dios, fuera de su voluntad, que esas luchas significan que les falta más oración, más ayuno, más presencia de Dios. Es muy triste, es una falta de comprensión de cómo se necesitan tratamientos para el cuerpo y para el alma y para el espíritu, no se le puede echar toda la carga encima solamente a lo espiritual.

También algo que le pasó a Jesús y en lo que nos parecemos mucho a los religiosos de su época, y a esa manera de pensar, es que la manera que encontraron para contradecirlo fue acusarlo de venir de parte del diablo. “Este hace milagros por el poder de Belcebú”, que era un nombre de un demonio del folclor judío. Y eso es algo que ha sobrevivido hasta nosotros, el usar lo diabólico para descalificar lo que no entendemos, lo que nos parece diferente, con lo que no estamos de acuerdo. Entonces, claro, la Biblia sí advierte sobre espíritus engañadores y falsos maestros, no es que tengamos que tragar entero y hacerle caso a cualquiera que venga reclamando hablar en nombre de Dios, pero tampoco se trata de acusar a todo el que no esté de acuerdo con nuestra denominación de ser un mensaje de Satanás. “Eso es del diablo”, ¿no? Eso se escucha tanto entre los cristianos, a veces por diferencia como tan pendejas, y en últimas no es que el diablo esté por ahí susurrándole cosas al oído a todo el que se pregunta si este versículo sí quiere decir lo que me han enseñado toda la vida… pues, no veo esa intención en las enseñanzas del Nuevo Testamento, yo creo que es más algo que usamos nosotros para descalificar los argumentos que nos incomodan.

Y también nos hemos acostumbrado a ese discurso de guerra espiritual y de batalla contra las tinieblas, como si de un ejército se tratara, y nos hacen vernos a nosotros mismos reflejados en esos relatos de guerras del Antiguo Testamento, y nos quieren meter en medio de todo ese sangrerío. Pero si uno se pone a pensar, los textos del Nuevo Testamento donde se menciona este conflicto tienen un enfoque diferente. Por ejemplo, en Apocalipsis 12 que ya lo mencionamos, se dice que somos vencedores por la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio, no hay ningún esfuerzo nuestro, ni los hijos de Dios aparecen en esa escena reprendiendo la serpiente antigua y pisándole la cabeza y cantándole coros de Marco Barrientos. Pablo es uno que elabora unas ideas muy bellas también al respecto, inspirado por el Espíritu nos dice que esos poderes del mal siguen gobernando en este mundo, pero que los que creemos en Cristo ya no estamos bajo su dominio, por eso podemos vivir en la luz. Especialmente Colosenses y Efesios hablan un montón de nuestro papel en ese conflicto, de ponernos la armadura y estar firmes, pero es más como una actitud interna, una firmeza en el Espíritu, no es tanto de salir a la calle a conquistar las naciones, sino de formar en nuestra vida el carácter de Cristo, que el verdadero poder del Espíritu Santo se manifieste en nuestra conversión y en nuestra santificación día a día.

Ese enfoque en el poder de Dios y en la victoria de Cristo me parece hermoso. A veces me preocupa que nos han pintado un diablo casi igual de poderoso que Dios, como que también es omnipresente, está pendiente de lo que decimos, de lo que hacemos, nos mete pensamientos a la cabeza, así un diablo como supervillano de James Bond, con un concilio de diablitos sentados frente a una pantalla en una sala con imágenes vía satélite monitoreando en tiempo real a los cristianos que oran y a los que no… Yo sé que a ustedes también les parece raro eso, ¿no? Que a veces en la iglesia se hable más del diablo que del amor de Cristo. Esa idea de los tratados Chick, de diablos haciendo llorar niños en el culto para que la gente se distraiga, eso no lo veo yo en la Biblia. Entre otras cosas, porque si algo es claro es que no deberíamos estar echándole la culpa al diablo de nuestras malas decisiones. Pues, si eso fuera cierto, y el diablo estuviera organizando a todas horas ataques estructurados desde su sede en el infierno, la verdad es que sería un desperdicio de recursos y de tiempo encargarle a un demonio que me haga pecar, yo solito lo puedo hacer, no necesito ayuda, con eso me defiendo sin que otro me ponga zancadilla la verdad jejeje…

Santiago creo que es el que dice que no le echemos la culpa a Dios ni a nadie de la tentación, cada uno es seducido desde adentro, ese impulso nace de nosotros mismos, la envidia, la ira, el chisme, la falta de perdón, esos no son demonios que necesiten exorcismo, son sentimientos y emociones nuestras, son cosas muy humanas que debemos aprender a llevar a los pies de la gracia de Dios. También pienso en la historia de Caín, cuando Dios le dijo: “pilas, que el pecado está a la puerta, usted verá si se va a dejar ganar de él”. Es que a lo bien, dejemos de echarle la culpa al diablo de nuestros fracasos, más bien aprendamos a caminar cada día más cerca de Cristo para vivir esa victoria en nuestra vida real.

Bueno, ya creo que me alargué mucho, pero creo que más o menos dije como todo lo que tenía en la cabeza sobre este tema, o al menos lo más importante pues. Espero que esto les sirva para pensar y hacerse preguntas que incomoden… ¡esas son la preguntas buenas! 

Pero no me quiero ir sin decir lo siguiente. Y es que en la Biblia sí que aparece el diablo y podemos ver más o menos algunas de sus características. Porque entonces no faltará el que diga: “no, pero según este man pues la Biblia habla de todo menos del diablo”. No, claro que sí aparece en la Biblia. Por ejemplo, aparece en Zacarías como el acusador, como alguien que no entiende la gracia y el perdón de Dios. También en Apocalipsis 12 dice que es el que acusa a los hermanos ante Dios de día y de noche. Lo vemos en Job, también acusándolo de ser un interesado, porque claro, parece que el diablo también juzga por su condición. Aparece entrando en Judas, moviéndolo a traicionar a Jesús, aprovechando que el hombre tenía su problema con el dinero, había por ahí como avaricia en su corazón. Lo vemos impulsando a Pedro a darle un consejo a Jesús para evadir la cruz, como que el diablo incita a eso, ¿no? A pasar por alto la cruz, un cristianismo cómodo, sin renuncias. Y claro, la escena tal vez más impactante en la que aparece el Satán, tentando al mismo Jesús, básicamente tratando de convencerlo de usar su poder y sus privilegios de Hijo de Dios para su propio beneficio, qué truco tan viejo, claro pues que siempre le ha funcionado muy bien.

¿Saben? En esas cosas es donde yo veo al diablo. No en los discos de música mundana que me hicieron quemar, ni en las películas de Harry Potter porque sale el que no puede ser nombrado tirando hechizos y hablando en pársel. No creo que ahí es donde deberíamos estar pendientes para desenmascarar al príncipe de las tinieblas, sino en otras cosas, en esas cosas hacia las que normalmente no se señala. Cuando no entendemos la gracia, ni el perdón de Dios hacia otros, cuando no somos capaces de aceptar que Dios puede amar a los que son diferentes a mí, a los de otra doctrina, de otro pensamiento, de otras maneras de ver la vida, cuando no entramos a la fiesta y nos quedamos refunfuñando en la puerta como el hermano mayor del hijo pródigo… ahí está el diablo.

Cuando nos encontramos siguiendo a Dios con condiciones, movidos por el interés, “te sirvo para que me bendigas”, “te soy fiel para que me vaya bien”, “te obedezco para que me prosperes”, eso es diabólico. O cuando usamos la fe para mejorar nuestra posición, para sentirnos más importantes que otros, para obtener beneficios materiales, cuando nuestro corazón está centrado en las riquezas, ahí está el diablo. Cuando se nos olvida que lo que Dios nos da es para compartirlo con otros, que a Dios le pertenece no solamente el billete que echamos en la bolsita de la ofrenda, sino también lo que se queda en la billetera, cuando la cerramos la puerta del corazón al prójimo que está en necesidad y lo embolatamos con un versículo o una oración, ahí está el diablo.

Cuando queremos vivir una espiritualidad sin renuncia, pasando por alto la cruz, el ejemplo de Jesús de darse por los demás, de decirle “no” a lo que yo quiero si es necesario para que Dios haga su voluntad. Cuando preferimos la comodidad de nuestras propias ideas, cuando usamos el poder para nuestro propio beneficio, para señalar a otros, para darnos importancia, para satisfacer nuestro ego… ahí está el diablo.

¿Se acuerdan de una vez que Jesús le dijo a un grupo de religiosos: “ustedes son de su padre, el diablo”? Ahí Jesús señala al diablo como padre de mentira, y ese vocablo no se refiere tanto a las mentiras común y corriente que decimos, sino a llevar una vida falsa, a la hipocresía, a la falta de coherencia entre lo que aparentamos ser y lo que somos en realidad. Y si me preguntan a mí, yo diría que esa es la más peligrosa de las trampas del diablo. Ahí es donde nacen los peores males, en una falsa religiosidad que descalifica las preguntas, que se centra en las certezas que nosotros mismos nos inventamos, que procura la uniformidad disfrazándola de unidad: que todos piensen igual, que todos se vistan igual, que todos vivan igual. 

Donde se niegue la diversidad, donde no se aprecie en las personas la gracia multiforme de Dios, donde se ataque la igualdad, aunque en el discurso se diga que no, pero en la práctica se haga ver a unos como más importantes que otros. Donde se le dé más valor a lo externo, a las formas, a que el púlpito es sagrado, a que no se pongan tatuajes o aretes o maquillaje o se vistan de tal o cual forma, donde se exalte el estudio de la Biblia pero no se apunte a transformar el carácter, donde haya más preocupación porque una persona haga una oración de fe a que camine el camino de conversión con Jesús paso a paso, donde se disfrace la devoción a Dios por devoción a la sana doctrina o a una organización o a un líder, donde el amor por el otro no sea prioridad, donde servir al prójimo no sea la definición principal del Evangelio… Ahí está el diablo haciendo de las suyas.