Pasó la navidad, recibimos los regalos, compartimos en familia, nos aguantamos a los fundamentalistas acusándonos de paganos… ¿y ahora qué? Bueno, la navidad no es más que un símbolo, un recordatorio de realidades espirituales que duran todo el año, que nos deberían cambiar la manera en la que afrontamos nuestro día a día. En este mensaje de navidad para el 26 de diciembre los invito a meditar en lo que significa hoy que Dios se haya hecho carne en la persona de Jesús.

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Transcripción

Hoy vamos a hablar acerca de la Navidad, esa fiesta pagana en honor al dios Saturno que fue adoptada por el papa de Roma, el hombre de pecado, y que es usada para implantar el ecumenismo y el nuevo orden mundial que nos obligará a vacunarnos contra el COVID-19… [música macabra de fondo]

Wow… eso se siente bien. Con razón a tanto evangélico le gustan esos discursos. Se siente uno como todo poderoso desenmascarando las conspiraciones de los illuminati, que quieren apoderarse de la economía mundial, implantando una sola moneda para marcarnos con el sello de la bestia, y así preparar el reinado del anticristo… [música macabra de fondo]

Bueno ya, en serio. Les quiero hablar de la navidad. ¿Y para qué hablar de la navidad un 26 de diciembre? Preguntarán ustedes. Y yo les respondo: espere y verá.

Pero antes de entrar bien en el tema del episodio de hoy, les recuerdo lo de siempre: suscribirse a nuestras redes sociales (estamos en YouTube, en Facebook, en Instagram, en Twitter como Cancionero Cristiano); dejar comentarios, reacciones, compartir, todo eso ayuda a darle más visibilidad a todo el contenido que hacemos en este proyecto. Además, si les gusta el podcast, también pueden suscribirse y compartirlo directamente desde Spotify, Deezer, Apple Podcast, Google Podcast, y cualquier otra plataforma de audio o de podcast que utilicen. Es más, si utilizan alguna de estas plataformas y no encuentran el podcast Notas Sueltas, vengan y me lo cuentan, para yo agregarlo allá.

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Entonces, una reflexión navideña para el 26 de diciembre. Claro, en esto de las redes sociales las fechas son importantes, ¿no? Los eventos especiales. Si uno tiene una marca y va a publicar un post navideño un 26 de diciembre, pues ya para qué. Sin embargo, escogí adrede esta fecha para publicar mi episodio navideño (no fue porque estuviera comiendo como si no hubiera un mañana el 24 por la noche, y echado en la cama haciendo pereza el 25 todo el día… ¡cómo van a creer!).

Ya todos sabemos lo del origen pagano de la fecha de la navidad, de hecho, yo ni siquiera lo llamaría pagano, sino más bien astronómico. El 21 de diciembre es el día más corto del año en el hemisferio norte (bueno, si usted está escuchando esto y es un cristiano terraplanista, esto no va a tener mucho sentido… oraremos por usted). Eso significa que la posición del sol en el cielo, según nuestro punto de vista desde la tierra, se encuentra en la posición más alejada con respecto al ecuador celeste. 

Prácticamente es como si por unos 3 o 4 días el sol se quedara “quieto” en su movimiento por el horizonte, porque durante todo el año, el recorrido del sol por el cielo forma como una especie de 8 alargado, como un símbolo de infinito, más bien. En todo caso, esos 3 días que el sol se queda “quieto” son más o menos entre el 20 y 23 de diciembre, y el 24 se reanuda el camino del sol por el cielo.

Bueno, resulta que las civilizaciones antiguas miraban al cielo para calcular los tiempos, las estaciones, el apareamiento de animales, los momentos más propicios para las siembras, la crecida de los ríos… Eso no fue hecho bajo el influjo de demonios, los hombres le echaron cabeza a esos eventos en el cielo y los relacionaron con cosas que pasaban en la tierra. Incluso en el mismo relato de la creación, en Génesis 1, dice que Dios estableció lumbreras en los cielos para medir los años y las estaciones. Esos bombillitos que alumbran encima de nuestras cabezas no se los inventó el diablo.

Claro, con el paso del tiempo, alrededor de estas fechas especiales de cosecha, de inauguración de temporadas importantes, se establecieron mitos, historias de divinidades y festividades en los que la gente celebraba, festejaba, se desordenaba… En fin, por eso tal vez le choca tanto a algunos cristianos que algunos de esos festivales se hayan sincretizado con tradiciones cristianas, no hay nada que le choque más a un fariseo que ver a otra persona estar más contenta que él.

¿La festividad del 24 de diciembre tiene un origen pagano? Claro que sí. ¿Jesús nació en diciembre? Claro que no. ¿Tres reyes magos llamados Melchor, Gaspar y Baltasar se fueron persiguiendo un cometa hasta llegar a un pesebre? Obviamente no. ¿Cuál es la peleadera entonces?

Vean, a mí me parecen importantes los símbolos. Uno puede notar muy fácilmente que lo simbólico tiene un lugar muy importante en la Biblia. El arco iris en el cielo como señal de que la tierra no será destruida por un diluvio otra vez, la sangre de los corderos en las puertas de los israelitas en Egipto para que el ángel de la muerte pase de largo por esas casas, las hierbas amargas que comían en la celebración de la Pascua para acordarse de los años de esclavitud, los rituales y vestimentas especiales de los sacerdotes para recordarle realidades espirituales a los fieles que se acercaban al tabernáculo o al templo.

Bueno, puede decir alguno, es que todo eso era necesario en el antiguo pacto porque no había venido Jesucristo, ahora se abolió la ley y adoramos en espíritu y en verdad. Claro, pero incluso en el Evangelio y en la experiencia de las primeras comunidades cristianas aparecen estos gestos simbólicos que comunican verdades intangibles: el lavamiento de los pies, el compartir el pan y el vino para recordar la muerte del Señor, el bautismo como señal de muerte al pecado y una nueva vida, la imposición de manos como reconocimiento de autoridad para servir en un ministerio… 

Es que usar símbolos es algo muy humano, aprendemos mejor cuando tenemos al frente algo gráfico, algo repetitivo que nos insiste en una verdad que no debemos olvidar. Creo que por eso es positivo celebrar la navidad, respetando al que no quiera hacerlo, claro está, pero a mí me parece que es bonito tener una época en la que podemos pensar en el hecho de que Dios se hizo hombre, que vino a buscarnos, que se acercó a nosotros y se vistió de carne para compartir nuestros procesos, nuestras angustias, nuestros temores, nuestras necesidades.

Claro, para muchas personas, la navidad no significa eso. Significa regalos, comida, fiesta. Pero, al menos hay una receptividad especial para poner el tema en la mesa, para asociar las luces, la abundancia, los regalos, con las verdades espirituales que todo eso simboliza. “Ay, es que en navidad mucha gente se emborracha”. Bueno, en la cena del Señor en Corinto también se emborrachaban, y Pablo no canceló la cena. No se trata de atacar los símbolos, sino de usarlo bien.

En últimas, si usted tiene sus dudas, por aquello del origen pagano y de la saturnalia y de la mundanalidad, lo invito a que considere lo que dice Colosenses capítulo 2, los versículos 16 al 23, que básicamente dicen que ningún creyente debería sentirse atacado por asuntos de comidas o bebidas prohibidas, festividades religiosas o días de reposo, que a nadie tienen por qué prohibirle comer, o tocar, o celebrar tal o cual cosa. No importa que los promotores de tales prohibiciones parezcan muy humildes o muy santos (que, por cierto, no lo son), no se dejen manipular por esos discursos santurrones. Lean ese pasaje, medítenlo, pónganle sentido y verán que van a vivir una vida cristiana más libre.

Finalmente, el Evangelio se trata de libertad, no de imposición. A través de toda la historia han existido los enemigos de esa libertad, los promotores del sufrimiento como vehículo para acercarse a Dios, que hay que mortificar la carne para poder alcanzar la santidad. Desde los monjes enclaustrados, con sus cilicios y flagelaciones para aquietar los deseos de la carne, hasta los puritanos protestantes, que prohíben ir al cine o al teatro, bailar o maquillarse. Les tengo noticias, nada de eso sirve para nada, no tiene ningún efecto práctico con respecto a la santidad. De nada sirve tener la falda larga, si a la vez se tiene la lengua también larga para hablar mal del prójimo. De nada sirve abstenerse de cosas que se consideran mundanas, si no se persigue el amor al otro, la ayuda mutua, la integridad del carácter. Piénsenlo.

[PAUSA]

Bueno, pero entonces volvamos al principio. “Todo este mensaje está muy lindo, tío Cancionero, pero este mensaje hubiera estado genial el 23 de diciembre”. Jejeje. Lo sé, lo sé… Pero precisamente estaba pensando en que los que celebramos la navidad podemos caer muy fácil también en ese error de la superficialidad. De nada nos sirve celebrar el nacimiento de Jesús, ya sea en diciembre, en febrero, en agosto, cuando quieran, pero limitarlo a cierta fecha especial, a unos eventos puntuales y ya.

Es que el nacimiento de Jesús desborda a una simple fiesta. La idea de que Dios se encarnó debería modificar toda nuestra conducta, nuestra manera de ver la vida, nuestra forma de encarar el día a día. Si el Verbo eterno estuvo dispuesto a despojarse de su gloria para venir a salvarnos, ¿entonces por qué insistimos nosotros en aferrarnos a estas pequeñeces de glorias efímeras en lugar de procurar el bienestar de otros?

En eso deberíamos enfocar nuestros pensamientos hoy 26 de diciembre, y todos los demás días del año. Yo sé que suena muy cliché, que la navidad es para todo el año, ¡pero es que es verdad! Vean, un texto paulino maravilloso que se encuentra en Filipenses 2 habla  precisamente de eso. Es un himno cristológico que todos conocemos, nos conmueve, porque habla de Cristo humillándose, dejando el ser igual a Dios para venir a morir en una cruz, y luego siendo exaltado con un nombre sobre todo nombre… y toda rodilla se doblará… amén y amén.

Pero el pedazo que pasamos por alto es que el inicio de ese texto es una instrucción para nosotros los cristianos: “No hagan nada por ambición o vanagloria, sino con humildad, piensen en los demás como superiores a ustedes mismos, no busquen sus propios intereses sino los de los demás, hagan como hizo Cristo Jesús”… Y ahí sí, ¿cuántos dicen amén?

Si en lugar de querer siempre tener la razón, tener los mejores argumentos para demostrarle al otro que es un burro, que no ha entendido la Biblia, lo consideramos como superior… ¿cómo sería el mundo? Si en lugar de querer demostrar lo mucho que oramos, las renuncias que hacemos, lo santos que somos, buscamos el bien de los demás… ¿cómo sería la iglesia?

Si al ver a un venezolano vendiendo bombones en un semáforo pensamos en el niño Jesús, desplazado por la violencia de Herodes el tirano, rumbo a Egipto, viviendo allá como inmigrante… ¿nos cambiaría algo por dentro? Si al ver las noticias de desplazamiento forzoso, de violencia contra las minorías, de cómo los necesitados cada vez lo tienen más difícil para subsistir, mientras los poderosos se siguen llenando cada vez más los bolsillos… si al ver la injusticia y el pecado en el mundo, no se nos viene a la cabeza dejar nuestra comodidad y buscar la manera de ayudar a los que lo necesitan, entonces no hemos entendido de qué se trata la navidad.

Y no le busquen color político a esto que acabo de decir. Eso es el Evangelio. No en vano, Jesús vino a la tierra para los necesitados, para los marginados. Por eso vino a nacer en una familia de Nazaret, donde no podía salir nada bueno, a una jovencita de una aldea insignificante de Galilea. Por eso lo anunciaron a unos pastores iletrados, a unos campesinos que cuidaban ovejas en la noche, que tenían que ganarse el pan velando cuando todos los demás dormían.

Por eso vinieron a buscarlo unos sabios paganos del oriente, que lo reconocieron como el rey prometido más fácilmente que los mismos estudiosos y sabios de la élite religiosa judía; sí, esos magos de oriente que leían las estrellas, que creían de una manera diferente a como estaba escrito en la ley de Moisés, que no se fueron evangelizados por José y María para aceptar la sana doctrina…

Por eso este mensaje de navidad para un 26 de diciembre. Y para el resto del año. Porque así como celebramos la navidad también necesitamos vivirla. Porque el mundo sigue necesitando esa luz de la noche en la que nació Jesús. 

Los ángeles cantando, ay Dios mío, es una de las escenas más lindas de la Biblia. Los ángeles, mensajeros, portadores de noticias, vienen a decirle a unos insignificantes pastores: “les traemos noticias de gran gozo”. ¿Saben cómo se dice eso en griego, en el idioma que escribió Lucas? “Les traemos un evangelio”… De hecho, creo que es la primera vez que alguien aparece en la línea de tiempo diciendo esa palabra así textualmente… Y bueno, creo que la parte del mensaje en la que nos centramos es en que nació un Salvador.

Pero también nos deberíamos interesar por el resto del mensaje. La canción de los mensajeros: Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad, o a los hombres en los que se agrada el Señor, dicen otras traducciones.

Sí, la vida de Jesús le dio gloria a Dios. En un mundo decadente, egoísta, injusto, un hombre mostró de manera perfecta el amor de Dios, el interés por los demás, el celo por la justicia. Un hombre se acercó a las prostitutas y a los publicanos, a los impuros, a los leprosos, a los endemoniados. Lo hizo para mostrar el corazón de misericordia del Padre. El mensaje de “sed santos porque yo soy santo” cobró una nueva dimensión cuando Jesús dijo “sed misericordiosos como vuestro Padre en los cielos es misericordioso”. La medida de la santidad, según el Evangelio, no está en el desprecio al otro, sino en la misericordia.

Y ahora nos corresponde a nosotros, los que seguimos a Jesús, seguir ese ejemplo, precisamente. Al vivir como Jesús vivió, al seguir sus pisadas, vamos a resplandecer como una luz en medio del mundo que no se puede esconder. Y los hombres al ver esa luz van a darle gloria a Dios. Qué bueno que en lugar de aparecer en las noticias pregonando el desprecio por otros, fuéramos referentes en la sociedad de justicia, de perdón, de solidaridad.

Y la paz para los hombres fue parte del propósito de Dios hacerse carne en la persona de Jesús. En varios escritos del Nuevo Testamento aparece la idea de la reconciliación como consecuencia de la obra de Cristo. Nos reconciliamos con Dios, ahora podemos ser parte de su reino, de su proyecto para la humanidad. También nos reconciliamos los unos con los otros, ya no hay separación ni distinción por clases sociales, por color de piel, por nuestro sexo o por nuestro origen pagano o sagrado, ahora somos uno en Cristo. Y la misma creación también hace parte de ese proyecto de reconciliación, un mundo que fue creado para prosperar, para dar fruto, para dar vida, vuelve a tener la esperanza de cumplir ese propósito por medio de los hijos de Dios.

Hay una parte de ese mensaje de los ángeles que me parece brutal. Es la de la buena voluntad. Los judíos esperaban al Cristo, al Mesías que habría de liberar a Israel de sus enemigos y de la opresión que sufrían. Seguramente se imaginaban a un Moisés, a un David, hombres poderosos, guerreros, echados para adelante. Pero los ángeles anuncian a un simple niño, indefenso, dependiente, vulnerable, acostado en un pesebre, envuelto en pañales. 

Pero, más allá de eso, cuando Jesús empezó su ministerio y empezó a anunciar el reino de Dios, hay una escena en la que llega a la sinagoga en Nazaret, su pueblo de origen, y empieza a leer un pasaje del profeta Isaías, el capítulo 61, parte de lo que los biblistas y teólogos llaman el deuteroisaías: el espíritu del Señor está sobre mí, me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos, etc… un pasaje poderosísimo, muy bello, un mensaje de esperanza y libertad. Y el pasaje de Isaías culmina con un mensaje de juicio y de venganza sobre los enemigos de Israel: “el día de la venganza de nuestro Dios”. Pero Jesús no lee esa parte, se detiene en “el año de la buena voluntad del Señor” y cierra el libro. Ya conocemos la historia, ¿no? Jesús les dice que esa escritura se cumplió en él y termina casi linchado por los vecinos que lo vieron crecer.

Debería decirnos mucho el hecho de que Jesús cortó ese pasaje prácticamente en la mitad, para anunciar que su misión era cumplir esa palabra, pero renunciando a la venganza. ¿Y entonces qué clase de Mesías iba a ser este? ¿Uno que trataba por igual a los extranjeros, a los paganos, que a los hijos de Israel? Pues sí, de eso se trata el Evangelio, de un Dios que no es monopolio de una religión, de un credo, de una descendencia sagrada. 

Y si algo dejó claro Jesús es que en el proyecto del Reino de Dios no hay lugar para ajustes de cuentas. La venganza es algo que a nosotros nos causa mucha emoción, pensar en que algún día los que nos hicieron mal se las van a tener que ver con el gran trono blanco, y ser lanzados al lago de fuego que arde con azufre y donde el gusano nunca muere y será el lloro y el crujir de dientes…

Pero Jesús anunció el perdón, la misericordia, una puerta abierta para todos y para todas, una invitación a la gran mesa del Padre. Y eso fue lo que cantaron los ángeles esa noche en que Jesús nació. ¿Será que nosotros también podremos tomar ese papel de mensajeros? ¿Será que podemos anunciar la gloria de Dios, la paz entre los hombres, el año de la buena voluntad del Señor?

Eso es lo que fuimos llamados a hacer, eso es seguir a Jesús, no es estudiar y memorizar textos, no es defender argumentos, no es combatir los errores de las falsas doctrinas. Fuimos llamados a seguir las pisadas del que nos llamó de las tinieblas a la luz. Todo lo que no le apunte a ese proyecto, a parecernos a Jesús, deberíamos dejarlo a un lado, por mucho que nos guste.

Amigos, amigas, eso es lo que pienso cuando recuerdo que Jesús nació. Eso debería ser nuestro propósito para hoy 26 de diciembre. Y para el resto del año.

¡Feliz navidad!