La oración es una de las cosas más básicas en la vida espiritual. Ya sea que aprendamos a orar desde niños, o que nos enseñen cuando llegamos a una iglesia, es algo que hace parte de nuestra rutina como cristianos. En este episodio comparto algunas reflexiones que me produjeron leer la petición de los discípulos a Jesús en Lucas 11: «Señor, enséñanos a orar». ¿Será que necesitamos aún aprender a orar? ¿Será posible que algo tan sencillo lo estemos haciendo mal? ¿Aceptarías un #OraciónChallenge? (no es lo que se imaginan, por cierto).

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Notas del episodio

Transcripción

Buenas, buenas. Aquí está el episodio de esta semana de Notas Sueltas, el podcast del Cancionero Cristiano.

Hemos llegado al episodio número 17, y pues para una persona como yo, que me he caracterizado por tener muy buenas ideas pero después no salir con nada… Esto es una especie de confesión, aquí en confianza, creo que ya hemos compartido lo suficiente como para tener este tipo de apertura con ustedes… Yo siempre he sido muy bueno para empezar cosas, pero muy malo para terminarlas… Así que haber sido capaz de terminar 16 episodios de un podcast es, wow… un nuevo récord personal.

¿Saben qué me motiva mucho? La gente que me escribe diciendo que estas reflexiones, estas ideas que comparto, estas preguntas, porque yo tengo es un montón de preguntas, casi que ninguna respuesta… es más, ojalá nunca crea que tengo las respuestas, qué triste sería la vida. Yo alguna vez viví con un montón de certezas, no tengo ni idea de cómo hacía para vivir así. Pero bueno, ya me rehabilité, y esas preguntas que me rondan por la cabeza, viene alguien de muy lejos, de Argentina, de Chile, de México, de España… me escriben: “Gracias, este episodio me hizo pensar, este episodio me ayudó”. Eso no tiene precio, de verdad. Esa es la gasolina para este proyecto. Y bueno, ahora les voy a contar cómo pueden enviarme sus ofrendas… Mentiras, este podcast todavía es gratis.

Bueno, entonces muchas gracias por escuchar, espero que disfruten el episodio de hoy. ¡Escríbanme! Siempre es una alegría poder conversar un poco más sobre lo que les llama la atención de este programa.

Ah, bueno… Y una última cuña… Si alguno de ustedes utiliza Apple Podcasts o iTunes para escuchar este podcast, una ayuda increíble que me puede hacer es tomarse 2 minuticos para dejar una calificación y una reseña del podcast. Resulta que las plataformas de Apple son como la gran cosa en el mundo podcastero, así que tiene un impacto muy grande si le hacemos fuerza a este contenido en esas apps.

Muy bien, suficientes anuncios parroquiales. Ahora sí a lo que vinimos. El episodio de hoy es sobre la oración. 

* * *

Lucas nos cuenta que una vez los discípulos le dijeron a Jesús: “Enséñanos a orar”. Eso está en Lucas capítulo 11. Particularmente, en el evangelio de Lucas, aparece Jesús en muchas escenas de oración. Y precisamente esta es una de esas escenas, estaba Jesús terminando de orar, cuando los discípulos le hicieron esa petición que al menos a mí me parece tan especial. La verdad no sé qué tan familiarizado estaría el pueblo llano con la liturgia religiosa en los tiempos de Jesús, o sea, no estoy tan seguro si todos supieran cómo se suponía que debían orar, o que hubiera alguna especie de enseñanza religiosa a la que tuvieran acceso. Algunos estudiosos hablan de cierta educación básica que la gente podría recibir en contextos colectivos, como las sinagogas, es posible que allí aprendieran a orar.

Pero, en todo caso, de lo que sí podemos estar seguros es que las élites religiosas de la época tenían su manera particular de llevar a cabo los rituales de oración. En particular, los fariseos, fueron duramente criticados por Jesús por su manera de asumir la vida de oración. Por ejemplo, en el famoso “sermón del monte” de Mateo, Jesús se refiere a manera de advertencia a ciertas prácticas religiosas de la época, como oraciones largas, en lugares públicos (a la vista de todo el mundo), repeticiones innecesarias. También se me viene a la mente ahora la historia del fariseo y el cobrador de impuestos, donde aparece el primero parafraseando una oración popular, que aparece incluso en comentarios rabínicos muy antiguos: “Gracias, Dios, por no haberme hecho pagano, ni mujer, ni ignorante”.

En fin, Jesús se caracterizó por esa frontalidad en contra de esas prácticas religiosas que realmente no eran más que una apariencia de piedad externa, y que además hacían ver a Dios como algo lejano, por allá apartado, accesible solamente para ciertas personas que tuvieran ese privilegio de poder acercarse a él. Por el contrario, Jesús siempre buscó hacerle entender a la gente que Dios estaba disponible para todos y para todas. Y es muy interesante que justamente empieza su oración modelo con esa expresión: “Padre nuestro”, poniendo así la experiencia de orar y también el acceso a la presencia de Dios como algo colectivo, plural.

¿Y qué es, a fin de cuentas, orar? ¿Y por qué necesitamos aprenderlo? 

Pues yo creo que vale la pena porque si uno se pone a pensarlo con honestidad y con espíritu de autocrítica, no es que estemos tan lejos de esa religiosidad a la que tanto se enfrentó Jesús. ¿Oraciones largas y suntuosas? Check… ¿Repeticiones y palabras rebuscadas? Check… ¿Dar visaje en lugares públicos para alardear de santidad? Check… ¿Sentirse mejor que los otros, los paganos, las mujeres, los ignorantes? Bueeeeh… Adivinen qué… Check!!!

Cómo convertimos un mecanismo de comunicación con Dios en una vaina llena de ritualismos, formatos, misticismo, dogmática… Que si se puede orar al Espíritu Santo o no, una discusión que me ha tocado a mí casi que toda la vida. Que si para orar hay que arrodillarse, o alzar las manos, o llorar. Que si orar el Padrenuestro es indebido, porque se convierte en un rezo, y claro, no queremos nada que tenga que ver con el paganismo. Que si se puede orar con la cabeza cubierta o descubierta, otra de esas discusiones bizantinas que seguramente a ustedes les suena a edad media, pero ahí está, a la vuelta de la esquina en la iglesia donde uno menos se lo espera. Y ni hablemos del orar en lenguas, porque ese tema sí que es candela… ooooh, salió un chiste sin querer, ¿vieron? Jejeje. Hoy estoy on fire… ¡otra vez!

Es que, básicamente de eso se trata orar. De entablar comunicación con Dios. Hablar con Dios, conversar con él, pasar tiempo con él, buscar su rostro, como quieran llamarlo. El centro es la comunicación. Si creemos que Dios es una persona real y que está en todas partes y que puede escuchar nuestras palabras y nuestros pensamientos… pues, sencillo, vamos a hablar con él. Eso es orar.

Ahora bien, yo no sé ustedes, pero a mí me parece que la comunicación es una de las cosas clave en todas las relaciones que tengo con otras personas: con mi equipo de trabajo, con mis clientes, con mi pareja, con mis amigos, con mi hijo… De una buena comunicación depende un montón de cosas, casi que el éxito o el fracaso en muchos aspectos de la vida está dado por la capacidad que tengamos de comunicarnos, eso te lo va a decir cualquier persona que estudie la conducta humana o la dinámica de las relaciones. Pues cómo será, que en uno de los rubros en los que más invertimos esfuerzo y recursos como especie es en esa capacidad de tener medios de comunicación.

Entonces, imagínense que nos comunicáramos con otras personas así como se supone que debemos hacerlo con Dios. Hagan ese ejercicio mental, piensen cómo los mirarían en su trabajo si hablaran con los otros así como ustedes oran. Yo no sé qué cara me haría mi esposa si un día yo le dijera: “Oh, amada esposa mía, tú que habitas en este apartamento, esposa mía, linda, querida, hermosa, quiero pedirte en esta tarde, amantísima esposa, vengo a pedirte porque tú me has dicho que cuando necesite algo te lo pida, esposa amada, y yo confío en tu palabra, esposa hermosa, linda… Te pido de todo corazón, esposa mía, que tú seas mostrándome dónde dejé las llaves del carro que no las encuentro…”. Deberíamos hacer ese reto, el #OracionChallenge, a ver qué pasa. 

¿No les parece extraño? Hemos llenado nuestra rutina de comunicación con Dios de un montón de palabrejas y formalismos todos extraños… Claro, por un lado está la reverencia que nos han enseñado, es que Dios es el Altísimo y sublime, no se le puede hablar de cualquier manera. Y por otro lado, pues es que así oran los pastores, líderes, predicadores, sacerdotes por sécula seculorum. Entonces, supongo que creemos que así es la única manera de orar.

Pues vean, yo no es que les esté diciendo que ahora vamos a arrancar a tratar a Dios como a cualquier parcero por ahí, yo estoy de acuerdo en que hay un respeto inherente a la persona que es infinitamente mucho más grande que nosotros, pero también es importante que recordemos que ese Dios altísimo se tomó el trabajo de encarnarse en la persona de Jesús, precisamente para mostrarnos que quiere acercarse a nosotros en los términos de nuestra humanidad, de nuestra fragilidad. O sea, Dios no envió a unos ángeles a que nos enseñaran los coros celestiales. Se hizo hombre, nació en un pesebre maloliente, se hizo uno de nosotros, se vistió de carne… no creo que le vaya a chocar que yo ore y no le diga “bendito Dios y amantísimo Padre” treinta y cinco veces en la misma oración.

[PAUSA]

En cuanto al estilo de oración que uno escucha en las iglesias, pues también hay que entender que se trata de un contexto público, en el que la expresión y las formas pues tienden a volverse más un discurso que una conversación. Y la verdad no es que quiera emitir algún juicio de valor al respecto, se entiende que también en ciertos contextos uno puede querer usar discursos bonitos para otra persona, en una boda, en un cumpleaños, etc. Pero lo que quiero es mostrarles que esa no es la manera normal de uno comunicarse con otro, ese formalismo, esa oratoria pues no es una cosa del día a día.

Entonces, creo que una cosa que quiero dejarles como reflexión es esa, volver a la autenticidad que debería primar al momento de entablar un diálogo con Dios. Incluso, reconocer que no necesariamente es la verbalización, las palabras, lo más importante. A mí me parece muy lindo algo que dice en un texto de Pablo, creo que es en Romanos, donde se plantea que el Espíritu Santo es capaz de ver en nuestros corazones lo que queremos decirle a Dios, aún cuando nosotros no logremos expresarlo. O sea, más allá de las palabras, lo que realmente ve uno que le interesa a Dios es la intención del corazón, que yo quiera pasar tiempo con él, involucrarlo en mi día a día, invitarlo a ser parte de mi cotidianidad.

Ahí hay varias cosas, una es que toma sentido, por ejemplo, lo que dice también Pablo sobre “orar sin cesar”, “orar en todo tiempo”, hay varias expresiones similares por ahí repartidas en sus cartas. Difícil sería pensar en orar todo el tiempo si me toca arrodillarme en el metro, o en el bus, a recitar palabrejas del siglo XVIII, alzando las manos para que baje el fuego… A mí me gusta pensar en esos versículos como si Dios fuera un contacto mío en Whatsapp y siempre me viera en verdecito, siempre disponible. Así soy yo con mi esposa, por ejemplo, no le tengo que estar escribiendo a toda hora, pero yo sé que cuando quiera, o cuando necesite, pues puedo hacerlo. Sé que ella me tiene guardado en sus contactos de manera que reconozca mis mensajes… no creo que me tenga guardado como “Amantísimo Esposo”, “Alfa y Omega de mi corazón”… jejejeje.

Y en ese mismo contexto, podríamos hablar de la importancia del perdón a la hora de entablar una comunicación libre y real con Dios. Jesús habló mucho de eso, la oración no es libre si tengo algo en mi corazón contra mi prójimo. Miren que, incluso, la oración modelo de Jesús tiene un componente colectivo: “Padre nuestro”. Pero bueno, ese es otro tema que vale la pena ampliar después.

Otra cosa que se me ocurre es que también hemos sobrevalorado las palabras a la hora de orar. Porque claro, aprendimos que orar es “hablar” con Dios. Como que esos silencios en los momentos de oración se nos hacen incómodos, como que hay que llenarlos con adjetivos, con versículos de memoria. Vean, si ustedes han tenido una relación de intimidad con alguien, quiero decir realmente íntima, de arroparse en las noches con la misma cobija, van a reconocer la importancia del silencio en la comunicación. De hecho, entre menos cercano sea uno a alguien, como que más evita el silencio, ¿no? Por eso las conversaciones con el taxista o con el conductor de Uber… “Como ha llovido estos días, ¿no?”, “Y qué, ¿mucho voleíto?”… Porque toca hablar, qué pensará este man donde yo no hable… 

Pero con alguien de confianza, con alguien con quien tengo la suficiente intimidad, pues no es así. A veces uno no necesita sentarse a hablar por horas y horas, porque es que hay que hablar, me toca hablar, “hablad sin cesar”. No, a veces se trata solamente de sentarnos juntos, con esa persona cercana, un hijo, una pareja, no sé, a leer un libro, a mirar memes, a ver Netflix… en silencio, sin hablar, sin decirse nada. Por ahí una mano encima de la otra, un pie encima del otro, contacto físico que le dice a la otra persona “aquí estoy”. Entonces la verdadera comunicación en una relación cercana, de confianza, llega a ese nivel cuando uno es capaz de balancearse entre esos dos puntos, el de la conversación auténtica y el del estar cómodo con el silencio.

Voy a terminar con esto. Yo tengo un hijo de dos años, todavía no sabe hablar. Hasta hace muy poco me decía “mama”, la mamá y yo parece que éramos en su mente una especie de entidad extraña, y los dos nos llamábamos “mama”. Muy Génesis 2:24 esa vaina, ¿no? “Serán una sola carne”… Bueno, el caso es que ahora ya al menos me dice “wawa”, digamos que ya tiene un sonido distinto para mí, ahí va llegando, jajaja… Y bueno, a mí no me interesaba tanto como me dijera, lo que de verdad me mueve el corazón es saber que me quiere hablar, con sus limitaciones de un niño de dos años, pero quiere comunicarse conmigo. Eso es bellísimo. Los que son papás saben de qué les hablo. Cuando quiere algo, más o menos trata de defenderse con las palabras que se sabe… Me dice “auto”, “auto”, “auto”… y yo ya sé que quiere que le baje uno de los carros de LEGO que tengo en una repisa encima de mi escritorio. Todavía no puede armar una frase como “oh, padre amado que me engendraste hace dos años y nueve meses, te pido que en tu sabiduría me prestes uno de tus carritos de colección, si esa es tu voluntad…”. Es más, el día que me llegue a hablar así, lo mando a revisar.

A veces salgo a caminar con él por el parque y se va por ahí explorando cosas, cuando encuentra alguna cosa que le gusta, una rama, un bicho, un palito, viene y me lo trae, me lo muestra y se vuelve a ir por allá a correr. Y yo pienso en la autenticidad de ese momento, él me quiere hacer parte de su paseo, ese gesto de traerme una cosa que encontró por ahí convierte ese momento en algo de los dos. ¿Les digo qué? Yo creo que así quiere Dios que seamos con él.

En lugar de demostrarle lo bien que sabemos orar, lo que deberíamos empezar a hacer es hacerlo parte de todas nuestras experiencias. Orar sin cesar, es decir, invitarlo a todos nuestros momentos, mostrarle las ramitas que nos encontramos por el parque. “Padre nuestro”, nos enseñó Jesús, “venga a nosotros tu reino”, es  decir, hazte presente aquí conmigo, en esto que estoy viviendo, quiero ver tu reacción frente a esto que estoy haciendo. Y mira que me hace falta el pan de hoy, tú sabes que tengo deudas, ayúdame con todo eso…

Vean que estamos hablando de algo espontáneo, real, auténtico. Por encima de los rituales, de esos momentos “sagrados” en el espacio del culto. Claro, ese es otro tema, esos momentos también caben en nuestra experiencia de fe, no estoy diciendo que no. Pero creo que tener en cuenta que la comunicación con Dios, ese privilegio enorme que tenemos de acercarnos a él en cualquier momento, en cualquier lugar, lo hemos relegado a un ritualismo que opaca lo que realmente debería ser: una relación de confianza, de cercanía. Una caminata por el parque con papá, una tarde de descanso y arrunche con un ser amado. 

A mí me ha cambiado la vida, no se imaginan cuánto. Piénsenlo.