Mi historia personal con la Biblia ha sido una de amores y desamores. Como a muchos cristianos, me enseñaron desde niño a atesorarla, estudiarla, subrayarla y leerla cada día porque era el pan del cielo. Pero, ¿hasta dónde ese lugar protagónico de la Biblia se ha convertido en algo malsano para los cristianos? ¿Y si dejamos de verla como un arma para perseguir herejías y mejor nos enfocamos en el centro de su mensaje? En este episodio les comparto unas cuantas reflexiones al respecto, en tono muy personal, como siempre.

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Frases destacadas

Notas del episodio

Transcripción del episodio

Bienvenidos al episodio número 12 de Notas Sueltas. Estoy muy contento por lo que este podcast me ha permitido y es abrir conversaciones muy interesantes con algunos de ustedes que se han animado a escribirme, compartirme sus comentarios, preguntas, contradicciones. ¡Eso es genial! Es el objetivo principal de estas reflexiones, memorias, monólogos, o como se quieran llamar. Gracias por estar al otro lado, sacar un rato para escuchar y para compartir sus puntos de vista. 

De paso, les cuento que también he descubierto que la mejor manera de hacer que más personas puedan escuchar esto es compartirlo en sus redes. Si me pueden ayudar con eso, sería genial. Esto pues no es un proyecto lucrativo, ni me quiero volver influencer cristiano, ni nada de eso. Pero sería chévere encontrar otras personas a las que estos temas que conversamos aquí les interese, al menos que encuentren una perspectiva diferente… Piénsenlo.

Bueno, sin más preámbulo, vamos a empezar el episodio de hoy.

Yo aprendí a leer más o menos a los 5 años. Hay opiniones divididas entre los expertos, aunque la mayor autoridad en la cronología de mi primera infancia es mi mamá, y ella asegura que todavía no había cumplido 5 cuando resulté leyendo, porque una tía me enseñó. 

En todo caso, el primer libro que recuerdo estar leyendo fue la Biblia. Una Biblia que mi papá me regaló casi que de inmediato. Y claro, pues ese fue un gran salto de independencia para mí, ni crean que me tocó leerla obligado. ¡Me encantaba! Desde que tengo memoria, nos sentábamos en la casa a leer un capítulo todas las noches, el famoso altar familiar que seguramente muchos de ustedes también recuerdan. Cuando yo aprendí a leer y tuve mi propia Biblia, ya pude participar en la lectura. Eso fue wow… genial.

Y bueno, para resumir la historia, seguí leyendo la Biblia al derecho y al revés durante muchos años, por ahí unas 10 veces completa de principio a fin. Empecé a escalar rápidamente en el sistema eclesial de mi comunidad, mayormente por el lado de la música pero también explicando la Biblia, primero en grupos pequeños en casas, luego en grupos de jóvenes, después los domingos en la iglesia… Antes de mis 30 años ya tenía suficiente cancha para empezar a considerarme a mí mismo un líder en la congregación. Y eso sí, que me soltaran al que fuera para debatir que a todos les tenía versículos: testigos de Jehová, católicos, mormones, carismáticos, pentecostales unitarios, ateos, musulmanes, partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia…

Si ustedes han llegado al mundo evangélico con una historia parecida a la mía, seguramente saben lo importante que es en las iglesias todo lo relacionado con la Biblia. Cargarla donde se vea, porque a mí me predicaron y yo prediqué en contra de llevar la Biblia escondida porque eso era “avergonzarse del evangelio”. Llevarla a la iglesia, porque a mí me dijeron los predicadores y yo dije predicando el chiste de: “si no trajo la Biblia hágase al lado de un cristiano”. Subrayarla, marcarla, tomar notas en las prédicas, memorizarla, citarla para cualquier cosa.

Y la respuesta a prácticamente cualquier pregunta siempre debía estar en la Biblia. Incluso para cosas que no están en la Biblia. Por ejemplo, la escuela dominical. Pregúntele a un cristiano evangélico por qué hacen escuelita dominical para los niños si eso no está en la Biblia y va a resulta en Deuteronomio 6, cuando los israelitas debían repetirle las palabras de la Ley a sus hijos, o en Josué 24 cuando aparece lo de “yo y mi casa seguiremos a Jehová”, o en 2 Timoteo cuando habla de la mamá y la abuela que le enseñaron desde niño, “y que desde la niñez has sabido las sagradas escrituras”… Aunque claro, nada de eso indica que los domingos por la mañana deba haber clases para niños en las iglesias.

Bueno, y no estoy en contra de la escuelita dominical, es un ejemplo de cómo rebuscamos versículos por todo lado para justificar cualquier cosa que pasa en la iglesia. En vez de simplemente decir: es algo que se acostumbra hacer hace siglos y nos parece práctico seguirlo haciendo. Que sería una respuesta más honesta.

Y así con un montón de cosas. Por ejemplo, los conocidos sacramentos de la iglesia en los que coincidimos protestantes y católicos: el bautismo. ¿Bautizar niños o adultos? ¿por inmersión o por aspersión? ¿para perdón de pecados o simplemente un símbolo? ¿con la fórmula “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, como dice en Mateo, o “en el nombre de Jesús”, como dice en Hechos?

Y el otro, el partimiento del pan, la cena del Señor o la eucaristía. ¿Jesús se hace presente en el pan o solamente es un símbolo? ¿Transubstanciación, consubstanciación, no substanciación? Que, entre otras cosas, eso de la “consubstanciación” es como una vaina que se inventó Lutero para no usar el mismo término que el Vaticano, pero pues a fin de cuentas es como lo mismo. Y las preguntas siguen… ¿Un solo pan para todos rodando de mano en mano? (así lo hacían y lo hacen en la iglesia donde yo nací) ¿Una sola copa o pequeñas copitas individuales? (no se imaginan las peleas que me ha tocado presenciar por este tema). Una vez me tocó presenciar una conversación en la que no se pusieron de acuerdo en cambiar la hora de la santa cena para que empezara a las 9:30 en lugar de a las 10, y el argumento principal fue que en Lucas dice que Jesús se sentó a la mesa “cuando llegó la hora”, no cuando llegó la media hora. Muy bíblico todo.

Estoy mencionando estos ejemplos para llamar la atención a una cosa: que eso de estar buscando sustento en la Biblia para todo lo que pasa en la iglesia trae más problemas que soluciones. Y eso que estoy hablando de cosas en las que es más o menos fácil ponerse de acuerdo. Ustedes saben que hay temas mucho más complejos en nuestra sociedad hoy en día, como lo relacionado con el feminismo, el aborto, las personas sexualmente diversas, el ecumenismo, y un larguísimo etcétera.

Aquí me acabo de acordar que una vez un hermanito se paró a leer el versículo de Juan 6 donde Jesús dice: “yo soy el pan de vida que descendió del cielo” y acto seguido se puso a explicar, el hermanito este, “hermanos, aquí vemos que tenemos el pan de vida que descendió del cielo y es la Biblia”. Jejeje… queda uno como… ok… la exégesis es mi pasión

[INTERMEDIO]

¿Por qué en una cultura tan fuertemente amarrada a la Biblia se percibe una comprensión tan pobre de eso que tanto leemos y que tanto atesoramos? Es muy curioso como objeto de estudio social, lamentablemente yo no tengo las herramientas para responder eso. Si alguno de ustedes se atreve a lanzar alguna teoría al respecto, bienvenida sea.

Pero mi punto es que leer mucho la Biblia no es garantía de nada. Sobre todo si se lee en clave de los mismos prejuicios y vicios de interpretación que tienen aquellos que nos están enseñando. Para muchos, incluso, es una verdad inalienable que el simple hecho de leer la Biblia ya lo cambia a uno, porque la Palabra de Dios tiene poder. Pues, les digo que yo me pasé los primeros 30 años de mi vida leyendo y leyendo la Biblia y poco cambió en mi corazón respecto al orgullo, la autosuficiencia y el egoísmo que siempre me caracterizaron.

Muchachos y muchachas, tengo para decirles algo, la Biblia no es lo más importante. Jesús es lo más importante. Andar con él, vivir con él, imitarlo a él. Y yo sé que el razonamiento circular que nos han enseñado de que “es que en la Biblia vemos a Jesús” es muy fuerte. Pero precisamente esa es la cosa, en mi experiencia de iglesia hasta los 30 años fue muy poco lo que yo vi de personas leyendo la Biblia para buscar a Jesús.

En cambio, vi muchas personas leyendo la Biblia para buscar santidad, o al menos para parecer más santos por saber mucho de la Biblia. También vi muchas personas leyendo la Biblia para ver lo que otros estaban haciendo mal, por qué tal o cual denominación era un engaño de Satanás y una sinagoga de demonios, y por qué gracias a Dios nosotros sí teníamos la sana doctrina.

También vi muchas personas leyendo la Biblia porque había que leerla todos los días sin falta, porque era el pan de vida. Amigos, amigas… el pan de vida es Jesús. La Biblia, lo escrito allí, es una manera de acercarnos a ver a Jesucristo, pero si no nos acercamos a ella con ese objetivo, no son más que palabras.

Juan 5:39 es un versículo que siempre sale en este tipo de conversaciones, cuando alguien quiere demostrar lo importante que es leer la Biblia, porque en ellas está la vida eterna. Creo que es hora de que lo leamos bien, Jesús precisamente lo que le dice a los religiosos judíos en ese pasaje, que entre otras cosas lo estaban acusando en ese capítulo de deshonrar las escrituras por haber sanado a un paralítico en un sábado, les dice: ustedes se la pasan leyendo las escrituras porque creen que así van a tener la vida eterna, pero aquí frente a sus narices está la Palabra de Dios hecha carne y lo quieren matar… ¡Pero si las escrituras les ha estado hablando todo este tiempo acerca de mí! Les dice Jesús, y sin embargo ustedes me están rechazando, a mí que soy la vida eterna.

¿Y no es eso lo que nos pasa a nosotros también? Nos la pasamos repartiendo Biblia a diestra y siniestra, aprendiendo versículos, buscando recursos para hacer una mejor exégesis, una mejor hermenéutica, para dar mejores sermones, para decir verdades todas wow… así con cara de: esto no se le ha ocurrido a nadie jamás… Pero cuando se nos presenta al frente la oportunidad de vivir eso que llevo toda la vida leyendo, nos hacemos los locos, no lo reconocemos, no lo cumplimos.

Cuando nos sentamos a leer la Biblia para validar nuestros propios prejuicios, no estamos haciendo nada. Miles de prejuicios se pueden sustentar en la Biblia. La esclavitud fue justificada por la Biblia, porque Noé se emborrachó y Cam lo vio en bola, entonces los descendientes de Cam fueron los africanos y fueron malditos y Noé dijo “será siervo de sus hermanos”… entonces ¡negros pal barco porque así lo quiso Dios!

El antisemitismo fue durante siglos justificado con la Biblia, porque los judíos dijeron “su sangre sea sobre nuestras cabezas y sobre la de nuestros hijos” cuando pidieron que crucificaran a Jesús. Lean lo que pensaba Lutero al respecto, por ejemplo, un antisemita en toda regla.

Leer la Biblia y no coincidir en las conclusiones nos hizo pasar de ser perseguidos a perseguidores. Cuando el cristianismo se institucionalizó y los cristianos pasaron de vivir el evangelio en medio de la persecución a tener tiempo de sobra para sentarse a discutirlo y a estandarizarlo, aparecieron los “herejes”. Los diferentes, los librepensadores. En el siglo IV se condenó al primer hereje de la historia cristiana, un obispo que criticó a los otros obispos por acumular riquezas. Entre otras cosas, muy evangélico me parece a mí ese reclamo. A propósito, una lectura muy interesante es el libro de Antonio Piñero, “Los cristianismos derrotados”, un estudio muy recomendado sobre el desarrollo histórico de la ortodoxia cristiana en esos primeros siglos de formación de la teología formal de la iglesia.

“Ah, pero eso fueron los católicos. Nosotros los verdaderos cristianos siempre hemos sufrido persecución por el anticristo y la gran ramera…” Bueno, díganle eso a Miguel Servet, un contradictor de Calvino al que el santo reformador lo mandó a la hoguera. Seguro le quedaron esas mañas del catolicismo. En Inglaterra los monjes dominicos fueron exterminados por los anglicanos. En Irlanda corrió sangre de lado y lado durante décadas. Dejemos de engañarnos creyendo que los católicos son los malos del paseo, las enemistades teológicas han llevado a todos los bandos a decir y hacer atrocidades en nombre de la verdad pura.

Y hoy pues ya es un poquito más difícil eso de armar hogueras en las plazas, pero sí que nos gusta quemar herejes en las redes sociales. No nos tiembla la mano para caerle al que dice algo con lo que no estoy de acuerdo: “herejía”, “falso cristianismo”, “espíritu de engaño”, “concupiscencias”… Ah, y mi favorita: “deberías leer la Biblia”. Jajaja, wow… debería leer la Biblia, genial, ¿cómo no se me ocurrió antes?

Yo también leí la Biblia así. Como un trabajo, porque había que predicarle a los jóvenes, hacer discipulados, preparar la clase del domingo. Había que leer la Biblia porque tenía que responderle al que me cuestionó mi sistema teológico, mi cosmovisión, mi preciada sana doctrina. Leí la Biblia para contender por la fe una vez dada a los santos (o sea, lo que me enseñaron), para estar siempre preparado para presentar defensa (eso sí, sin mansedumbre, ni reverencia, ahí te equivocaste, viejo Peter). 

Yo también escudriñé las escríturas, porque a mí me parecía que en ellas encontraría la vida eterna. Pero nunca nadie me dijo que en lugar de perseguir la herejía, debía combatir contra mi impulso de hablar mal del otro. Que en lugar de cacería de falsas doctrinas, debía montarle cacería a mis impulsos de orgullo, de mentira, de malos pensamientos. Que en lugar de contradecir al otro, en vez de acumular versículos para defender la fe, debía buscar la manera de servirlo, de lavarle los pies, de abrazarlo y darle esperanza, la esperanza de Jesús que también lo ama a él. Eso nadie me lo dijo, y todo eso tuve que aprenderlo con dolor. Algún día les contaré esa historia.

¿Sabe qué? Yo creo que deberíamos dejar de leer la Biblia. Gente, si lo que quieren es entender el evangelio, ya no lean más la Biblia. Salgan a la calle, busquen al prójimo, sean palabras de vida eterna a las personas que lo necesitan. Sean oídos para el que está afligido, sean pan para el que está hambriento. Seamos lo que Jesús nos enseñó a ser, en lugar de estar discutiendo quién tiene la razón. Sanemos heridos, recojamos vidas en ruinas, démosle dignidad a los que no la tienen. ¿Saben qué? Ya dejen de leer la Biblia, empiecen a vivirla.