Adoración y amor: un sacrificio en Moriah

Qué es adoración

La historia aparece en Génesis 22 y es ampliamente conocida, tanto por creyentes como por escépticos: Dios le pide a su viejo amigo, Abraham, que le entregue a su hijo en sacrificio para probar su fe. Admirada por unos y ridiculizada por otros, esta escena de la historia sagrada tiene mucho qué mostrarnos sobre lo que significa adorar.

Un amor como ningún otro

La magnitud de la prueba de fe que Dios demandó de parte de Abraham se entiende a partir del sacrificio que Dios le pidió: su hijo. Más exactamente, Dios le dice: “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas…” (Génesis 22:2). Este año me convertí en padre y empecé a comprender un poco lo que significa el amor hacia un hijo. No es cualquier clase de amor, es reconocer una vida por la que uno está dispuesto a darlo todo.

Más allá de las promesas que Dios le había dado a Abraham y que se cumplirían en Isaac, más allá del hecho de haberlo tenido en su vejez de manera milagrosa, estaba el hecho de que era su hijo amado. En otras palabras, Dios no le estaba pidiendo cualquier cosa a Abraham: le estaba pidiendo todo.

Un dato interesante: en esta historia es la primera vez que aparece en la Biblia el verbo “amar”.

Un adorador, ¿nace o se hace?

El viejo patriarca madrugó para su cita. Tomó a su hijo, un par de siervos y llevó leña para el holocausto. Al cabo de tres días encontró el monte señalado, en tierra de Moriah, y la esperanza de que Dios le pidiera devolverse a su casa se iba desvaneciendo a cada paso que daba.

El muchacho y yo iremos hasta allí y adoraremos, y volveremos…“, le dijo Abraham a sus siervos, en un gesto incomprensible de fe (Génesis 22:5). Él sabía que Dios veía en la entrega de su hijo un acto de algo más grande que simplemente cumplir un deber, era un acto de adoración. El padre de la fe aprendió una lección inolvidable en el camino a la tierra de Moriah: adorar es entregar lo que más amas.

Al final, la historia termina bien para Abraham y su hijo. En el último instante, Dios se provee de un cordero que es sacrificado en lugar de Isaac y que se convierte, a su vez, en una hermosa figura del sacrificio sustituto de Cristo, el Cordero de Dios. Los creyentes habíamos ganado un referente de fe y Dios había ganado un verdadero adorador.

Otro dato interesante: en esta historia es la primera vez que aparece en la Biblia el verbo “adorar”.

Nuestro verdadero culto

En estos tiempos en los que se tiende a asociar la adoración con cierto tipo de actitud o de ambiente musical (por aquel estereotipo tan trillado: música alegre es alabanza, música lenta es adoración), vale la pena meditar en lo que realmente espera Dios de nosotros como adoradores.

Adorar es más que cantar: adorar es rendir culto, es entregar lo que más amo en sacrificio a Dios. Y aquí es donde entra un versículo muy conocido del Nuevo Testamento: “Por tanto, hermanos míos, les ruego por la misericordia de Dios que se presenten ustedes mismos como ofrenda viva, santa y agradable a Dios. Éste es el verdadero culto que deben ofrecer.” (Romanos 12:1 – DHH).

Así como Isaac, nosotros también debemos ser una ofrenda viva. En el altar de mi adoración no debe haber ofrendas de animales, dinero ni riquezas materiales. El culto que Dios espera de mí como verdadero adorador soy yo mismo: mis fuerzas, mi tiempo, mis intereses, mis sueños, mis caprichos y deseos. En ese culto verdadero yo mismo soy la víctima del sacrificio. Rendirme por completo a Él es adorarle, es darle todo lo que más amo.

Como lo hizo Abraham.


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